Era una tarde de abril.
Nada más volver a casa me di cuenta de que tenía un mensaje en el contestador.
Mi amigo Gabriele me invitaba a acudir al día siguiente a la casa de uno de los componentes de su grupo para hablarme de un asunto que, por el tono de su voz, debía de importarle bastante.
Se trataba, pues, de acudir al chalé de Leonardo, situado en ****, a dos pasos del restaurante del dueño de la casa.
Acepté de buen grado. Por lo demás, podía ser la ocasión de ver en acción a su grupo...
...¡los BENCH! (¡siempre había encontrado algo genuino en estos músicos aficionados!).
Llegué a la cita con un ligero adelanto, como de costumbre, y, tras escuchar unos minutos de su último cd (2nd floor), pude hablar con toda tranquilidad con Gabriele: habían llegado en efecto las 16 y los componentes del grupo habían dejado de tocar para no molestar a los vecinos, dedicándose cada uno a alguna actividad de su interés...
Mi amigo, tras haberme apuntado el porqué de aquella invitación, se había ido a sentar en un sillón junto al sofá de la habitación en la que solían ensayar, y se había puesto a rasguear, aunque con cierta maestría, su guitarra eléctrica. Me di cuenta enseguida de que podía dirigirme a él para más aclaraciones, y también de que podía apagar su amplificador para encender el equipo de música junto a la chimenea, cambiando la música de fondo: sabía en cualquier caso que en ambos casos Gabriele dejaría de tocar para responder a mis preguntas.
El diálogo fue realmente interesante: según mi amigo, yo debía ayudar al grupo a invocar al célebre DIOS DE LA MÚSICA (!), el cual, tras un complejo procedimiento de invocación, los premiaría sin duda con un riquísimo contrato discográfico (sobre cuyos ingresos conseguí reivindicar un porcentaje del 30% para mí mismo: amigos sí, pero hasta cierto punto...).
El procedimiento para solicitar la intervención de esta entidad (de cuya existencia me dejé persuadir, más que nada, por la convencida insistencia de Gabriele: un tipo que jamás se habría dejado seducir por ciertas historias si no fuera en presencia de algún elemento concreto...) constaba de dos pasos esenciales: encontrar tres elementos o «ingredientes» e introducirlos dentro de un recipiente en el que, una vez cerrado, añadir cierta cantidad de agua; ¡no oculto que la historia empezaba a tener cierto encanto! Por último, mi amigo me reveló que solo recordaba uno de los elementos que era necesario conseguir: se trataba de un «fetiche vudú sonoro de color naranja, capaz de poner en contacto con el más allá».
La conversación con Gabriele había saciado además mi curiosidad sobre sus dotes de músico: en efecto, mucho más allá de sus habilidades concretas, era su guitarra Fenix la que producía un acompañamiento digno y no bajaba nunca de tono durante la ejecución, gracias a un juego de cuerdas radiactivas autoafinables y autoacompañantes, que mi amigo se dijo dispuesto a ceder solo a cambio de algo que para él tuviera cierta utilidad.
Terminado el diálogo, me puse manos a la obra sin demora.
De un vistazo preliminar a la habitación advertí la presencia de una llave, colgada insólitamente de un molinillo de café en la repisa de la chimenea, que cogí enseguida; al no encontrar nada más interesante me trasladé al cuarto de baño. Aquí agarré enseguida la toalla del bidé (obviamente solo después de comprobar que la acababan de cambiar y por tanto estaba intacta...) y seguí adelante aventurándome hacia la sala del frigorífico. Advertí enseguida una jarra de piedra evidentemente fuera de lugar, que guardé en mi mochila por si acaso; detrás del frigorífico distinguí luego una cortina que, empujado por mi constante curiosidad, abrí de un solo golpe: apoyada entre garrafas de excelente vino encontré una caja de galletas «Benchwarmers Puppy Buiscuits»; la caja, por desgracia, no quería ni oír hablar de abrirse y, tras innumerables intentos, decidí dejarla estar, al menos por el momento. Llegados a este punto solo quedaba abrir el frigorífico. Contenía, junto a vinos prestigiosísimos, tres objetos que despertaron mi atención y que cogí enseguida: un huevo, una botellita de agua y una botella que contenía una bebida insólita (llamada «Bench-Cola») sobre la que decidí averiguar más. Cerré con delicadeza el frigorífico y me dirigí a una nueva habitación, pasando por la sala donde estaba Gabriele (¡aunque podría haberlo hecho también sirviéndome de mi mapa, y con un solo gesto!); había llegado a la sala del ordenador, donde encontré a otros dos elementos de los Bench: Marco, el bajista, ocupado en usar el pc, y el cantante del grupo, Fabrizio, que no apartaba nunca la mirada de un periódico abierto por la página de finanzas. Decidí hablar con ambos: resultó que la Bench-Cola (sobre cuya composición química recibí un interesante informe) era el último invento de Fabrizio, una especie de desventurado empresario-inventor-inversor que se había metido en algún lío con una producción anterior suya, la de la «Benchilla» (una potentísima manzanilla-somnífero, de la que Marco, preguntado sobre qué opinaba de la Bench Cola, me proporcionó amablemente un sobrecito); pero sobre todo me enteré de otro ingrediente para invocar al Dios de la música...
Debía en efecto conseguir la discografía del grupo (dos cd en total) y, también por indicación de Marco, descubrí que para eso podía dirigirme a Francesco, el batería del grupo, conocido por ser una persona ordenada y puntual.
Me despedí de los dos y empecé a observar la sala: entre otras cosas advertí en particular un destornillador dejado desordenadamente sobre la mesa, que cogí enseguida, y una jarra con tapa de peltre que no logré abrir por estar cuidadosamente pegada; por último distinguí una puerta que descubrí cerrada con llave: intuí que la llave que tenía era la adecuada para abrirla y lo hice sin demora. La puerta daba a una especie de pequeño rellano, hasta ese momento ausente de mi mapa, amueblado con esmero: decidí no subir las escaleras para no molestar a los propietarios de la vivienda, pero advertí también que podía abrir cómodamente las hojas de un refinado mueble, situado al fondo del hueco de la escalera, de cuya apertura obtuve un nuevo objeto para mi mochila, es decir, un tubo de goma de unos dos metros de largo. Volví a la sala del ordenador decidido a salir al exterior del chalé, pero antes comprendí que podía usar enseguida el destornillador que había encontrado antes: acudí de nuevo a la habitación del frigorífico y consumé mi venganza contra la caja de galletas. Obtuve de ella una galleta para perros, de escasa utilidad por el momento, que al menos ocupaba poco espacio en la mochila.
Por fin podía salir de la casa.
El clima en el exterior era templado y hacía presagiar que el verano llegaría pronto; el chalé tenía buen aspecto también desde fuera y decidí averiguar si era posible acceder a él por la entrada principal; antes de que me acercara a la cancela, sin embargo, mi curiosidad quedó atrapada por la presencia de una bolsa de plástico dejada allí, no muy lejos. Dentro de la bolsa (que no dudé en examinar, al fin y al cabo todo podía resultar útil...) recogí un bote de tinte de obra y un papelito: se trataba de una estrafalaria lista de la compra, «invadida» por posibles adquisiciones cuando menos absurdas, que llevaba un elemento destacado («el 69, soy un macho sin empacho», ¡bah!); a una lectura más atenta comprendí que la lista debía de pertenecer a Gabriele y decidí buscar, quizá incluso más tarde, este fantasmal «69» para dárselo a mi amigo a cambio de su juego de cuerdas.
En cualquier caso estaba ya a pocos pasos de la cancela y decidí probar a entrar... ¡Imposible! La presencia de Goran, el perro de Leonardo, impedía el paso a cualquier desconocido. Pensé enseguida que podría librarme fácilmente de este nuevo Cerbero con la galleta que había sacado antes de la caja, pero mis esperanzas quedaron defraudadas: darle de comer, en efecto, me garantizaba demasiado poco tiempo para superar indemne al «cachorrote», así que preferí esperar y buscar una alternativa. Reflexioné un segundo examinando el contenido de mi mochila para ver si había algo que pudiera resultar útil: intuí que había llegado el momento de probar la eficacia de la Benchilla, así que vertí el contenido de la botellita de agua en la jarra de piedra e introduje en ella parte del contenido del sobrecito de manzanilla hidrosoluble; no quedaba más que sumergir dentro la galleta para después lanzársela al perro. Los efectos de la galleta así alterada fueron inmediatos: nada más ingerirla, el cuadrúpedo cayó en un sueño profundísimo, dejándome vía libre. Pude llegar al balcón situado delante de la casa donde, cerca de la caseta de Goran, encontré un pequeño muñeco sonoro de color naranja: ¡quizá pudiera corresponder al ingrediente del que me había hablado Gabriele! Solo podría descubrirlo más adelante. Volví delante de la casa. Antes de continuar decidí examinar con mayor atención el informe relativo a la Bench-Cola, vistas las propiedades poco comunes de los productos de Fabrizio. Observando en particular las advertencias del final del papel advertí un aspecto que podía jugar a mi favor: ¡combinando la bebida con el tinte de obra que había encontrado hacía poco podía obtener un ácido de increíble poder corrosivo! Probé entonces a combinar los dos líquidos: un compuesto denso, de un verde encendido, que recordaba al color de los marcianos o de los efectos especiales de las viejas «B-movies» de ciencia ficción, empezó a borbotear dentro de la botellita en mis manos; convenía deshacerse de él cuanto antes, antes de que el ácido disolviera el plástico e inundara mi mochila con efectos nefastos. Por suerte ya tenía en mente el modo de usarlo: volví inmediatamente a la sala del ordenador y probé los efectos del compuesto en la jarra que había dejado aún cerrada sobre la mesa; conseguí despegar sin dificultad la tapa de peltre del borde de la jarra y entré en posesión de su contenido. Se trataba de una llave de color azul intenso: la cogí, consciente de que debía de tener cierta importancia por haber estado escondida con tanto esmero. Decidí luego volver al exterior para proseguir mi «investigación». Me dirigí hacia la explanada del restaurante. Recorriendo precisamente el sendero que unía el chalé con la explanada me topé con Francesco, el batería de los Bench; este intentaba poner en marcha su moto y yo me ofrecí amablemente a ayudarle: a cambio obtendría que me llevara a su casa, donde encontraría con seguridad los cd que estaba buscando. Hablando con Chicco (así solían llamarle) supe que para poner en marcha la moto era necesario desengrasar de algún modo tanto la cadena como el carburador; por lo demás, respecto al Dios de la música, nada nuevo. Probé enseguida a ayudar al «centauro» dándole la toalla que llevaba en la mochila: por desgracia, sin embargo, por muy válida que fuera como trapo, no bastaba por sí sola para resolver los problemas de la moto.
Me despedí con la intención de encontrar algo más adecuado, quizá para combinarlo con la toalla, y seguí mi camino no sin antes, eso sí, recoger un bidón vacío colocado al otro lado del sendero, cerca de la fuentecilla. Llegado por fin a la explanada, conocí a Leonardo, uno de los dos guitarristas del grupo junto con Gabriele. Estaba totalmente concentrado en el intento de golpear la pelota de golf con una madera 3, entrenando así su movimiento; aun así, en cuanto me dirigí a él interrumpió su actividad para hablar conmigo. De la conversación siguiente supe que había un motivo más que válido para intentar conseguir de Gabriele sus cuerdas autoafinables: para invocar al Dios de la Música, según Leonardo, ¡era necesario un «elemento altamente radiactivo»! Mi impaciencia por encontrar ese fantasmal «69» con el fin de recibir a cambio el juego de cuerdas de mi amigo creció desmesuradamente. Al terminar el diálogo me quedé quieto observando la explanada: me detuve primero en el edificio del restaurante al fondo, luego dirigí la mirada a un automóvil aparcado cerca de la entrada; decidí examinar más de cerca ambos... ¡nada que hacer! Leonardo (que había vuelto a concentrarse en el golf) me impedía acercarme al restaurante, ya que era día de cierre, y no atendía a razones.
Tenía que encontrar la manera de hacer que se alejara.
Reflexioné un segundo.
Siempre había soñado con gastar una broma parecida: con un pretexto veladamente provocador, desafié al desdichado a efectuar el mismo golpe con un palo de alcance más corto y, en los breves instantes en que me dio la espalda para recurrir a su bolsa, sustituí la pelota de golf por el huevo recogido en el frigorífico; esperé unos momentos... el impacto fue violento, las salpicaduras que brotaron se propagaron deprisa en un radio de pocos metros, penetrando el aire de aquella tarde de abril como dardos punzantes en un delito enrevesado... en resumen, el pobre Leonardo quedó en un momento cubierto de chorreantes porciones de huevo y, en consecuencia, obligado a volver a casa a lavarse y cambiarse de ropa. Tenía vía libre. Me acerqué al coche y advertí que, al contrario de lo que esperaba, no estaba cerrado: en particular tenía la posibilidad de abrir cómodamente la trampilla y el tapón del depósito de gasolina, e intuí de qué modo todo aquello podía serme útil... tenía en efecto en mi mochila todo lo necesario para ayudar adecuadamente a Chicco; bastaba con sustraer un poco de gasolina del coche aparcado en la explanada, metiendo en el depósito el tubo de goma que llevaba en la mochila y trasvasando el carburante al bidón recogido antes. Hecho esto, metí la toalla en el bidón y se la entregué, así empapada de gasolina, de nuevo a Chicco: esta vez surgió una dificultad distinta (el bravo motorista no conseguía alcanzar cómodamente el carburador con la toalla, y necesitaba algo para empujarla más al fondo) que resolví inmediatamente entregándole el destornillador. ¡Por fin estaba en condiciones de llevarme a su casa, donde cogería los cd de los Bench, necesarios para el procedimiento de invocación! Tras un temerario y peligroso viaje en moto llegamos a destino. Pero las sorpresas no habían terminado: quizá no había advertido el sarcasmo en las recomendaciones de Marco para que me dirigiera a Chicco; el caso es que este último resultó ser un tipo de todo menos ordenado y su vivienda comparable a uno de los bazares más caóticos que jamás hubiera podido imaginar. Para abreviar me limitaré a decir que encontré los cd dentro de una panera que localicé solo después de mover una diana de corcho, inexplicablemente colocada encima del congelador. Lo importante, en cualquier caso, era haber recuperado uno de los objetos previstos por el procedimiento de invocación. De vuelta de casa de Chicco me dirigí de nuevo hacia el restaurante. Llegado a la puerta de entrada no me sorprendió en absoluto encontrarla cerrada, salvo que una llave la tenía conmigo y probé a usarla: era justo la que daba acceso a los locales del restaurante, así que decidí entrar sin vacilar. El restaurante constaba de una entrada, un rincón-bar, una sala llena de mesas y por último otra sala situada en el piso superior: me puse manos a la obra sin demora. Me quedé unos minutos en la zona de la entrada, invadido por una sensación tan singular como insólita: la debida a la posibilidad de moverme libremente y sin ser molestado por un lugar habitualmente abarrotado, pero sobre todo de deambular por un espacio que en definitiva había violado y por tanto, en condiciones normales, ajeno a mí e impracticable... ¡en resumen, la vieja historia del encanto morboso ligado a las cosas prohibidas! Al final, en cualquier caso, todo se resolvió en aprovechar para hacer alguna llamada de tapadillo: estaba allí por una razón, para ayudar a un amigo, y no podía perderme en charlas o distracciones inútiles. Me trasladé, pues, a la zona del bar. Aquí me encontré delante un vasto surtido de los licores más comunes y conocidos, y seguí el impulso de curiosear entre ellos... entre un Amaro Luciano, un Brucamenta y un Amaro Taverna, salió a la luz una botella cuando menos interesante: ¡era el Vat 69! ¡69, pues claro! ¡Cómo había podido olvidar la frase de una película tan célebre («solo este es el whisky macho sin empacho...»)! Comprendí que aquel era justamente el elemento destacado en la lista de la compra de Gabriele, así que en breve entraría en posesión de otro objeto útil para la invocación del dios. Antes de volver a la sala de ensayo terminé mi visita al restaurante: en la sala del piso inferior recogí, encima de una de las mesas, un molinillo de pimienta de madera de excelente factura; en el piso superior, en cambio, descubrí la existencia de otra puerta cerrada, escondida detrás de unos elegantes cortinajes. Obviamente no tenía la llave adecuada para abrirla, así que decidí volver por fin a la sala a entregar el Vat 69 a Gabriele. Utilicé para ello el mapa, y en un instante me encontré ante mi amigo, el cual, dándome las gracias por haberle procurado el excelente whisky, me entregó como estaba previsto su juego de cuerdas radiactivas y se despidió de mí explicándome que en breve tendría que ausentarse por motivos «personales» (¡para ir a grabar el capítulo de Santa Bárbara, la telenovela de la que era fan acérrimo! Qué gente...), pero que en cualquier caso volveríamos a vernos más tarde, quizá para celebrar el éxito de mi empresa... en la sala estaba también Leonardo, ocupado en limpiar su hierro 7 de los últimos restos de huevo, del cual, no sin cierto sentimiento de culpa, obtuve la seguridad de que todo estaba en orden tras el incidente que le había ocurrido antes. Pero no era momento de perderse en charlas estériles, sentía que estaba cerca de la solución, así que empecé a reflexionar sobre qué me faltaba realmente para iniciar el procedimiento de invocación del Dios de la Música... recapitulando: hacía falta un «elemento altamente radiactivo» y lo tenía (las cuerdas Fenix), era necesario el producto que promocionar y también lo tenía (los cd de los Bench), por último el «fetiche vudú de color naranja» que, con un poco de fantasía, podía corresponder al extraño muñeco encontrado cerca de la caseta del perro (¡el llamado «popopopulpo»!); ¡había que intentarlo! Solo tenía que localizar el recipiente adecuado para meter dentro los ingredientes y sumergirlos en agua solo después de haberlo cerrado... en efecto, recipientes de todo tipo me había encontrado unos cuantos en el curso de esta aventura, jarras, cajas, casetas y muchos otros... pero ninguno parecía adecuado: tenía que concentrarme... tenía que reflexionar... pensar... ¡pues claro! ¡Justamente el lugar donde siempre reflexionaba mejor! ¡La taza del váter era perfecta para ser utilizada siguiendo al pie de la letra el procedimiento de invocación! Corrí al baño, levanté la tapa y empecé a introducir los «ingredientes»: el popopopulpo emitió por última vez su llamada desesperada mientras se ahogaba en el mar tranquilo del olvido, luego les tocó a las cuerdas y a los cd; no quedaba más que bajar la tapa, para cerrar el «recipiente», y añadir agua, del modo más natural que pudiera darse en un baño... tiré de la cadena y esperé. ¡No parecía ocurrir nada! Quizá algo no iba bien, quizá no eran los ingredientes correctos... no quedaba más que volver con los componentes del grupo y anunciar mi fracaso: volví a la sala de ensayo cuando...
...de repente resonó fortísimo un gong, la tierra empezó de golpe a temblar bajo mis pies, por un instante la habitación entera pareció a merced de una fuerza oscura, antinatural, sobrehumana, trascendente... de los amplificadores se alzó una voz de timbre imponente, vibrante... ¡era el DIOS DE LA MÚSICA! ¡Quizá lo había conseguido, lo había logrado! Pedimos enseguida a la entidad divina acudida en nuestra ayuda que proporcionara a los Bench un contrato discográfico de ensueño... y descubrí que la cuestión no estaba resuelta en absoluto: el dios explicó que exigía algo a cambio de su benevolencia, es decir, ¡una botella del vino más caro que existiera en la naturaleza! Dicho esto la voz desapareció, provocando de nuevo el temblor que había acompañado su entrada, dispuesta a revelarse otra vez ante nosotros solo en presencia del don votivo que exigía.
Evidentemente no había terminado: ¿qué hacer, a quién dirigirme y, sobre todo, cómo y dónde conseguir ese vino?
Al estar allí presente conmigo Leonardo, hablé de ello primero con él, y obtuve enseguida, por suerte, las respuestas que buscaba: su familia poseía desde hacía generaciones una de las rarísimas botellas del BRUNETTO DI VALLE PIPERINA, un vino rarísimo y preciosísimo, justamente el vino más caro del mundo que necesitábamos... el inconveniente era que el Brunetto estaba escondido en una cámara acorazada, creada expresamente para protegerlo de cualquier malintencionado, cuyo acceso estaba negado incluso a muchos de los componentes de la familia, ¡Leonardo incluido! El guitarrista no pudo hacer otra cosa que entregarme una llave, que sin duda me serviría en la búsqueda de la cámara (situada en algún lugar del edificio del restaurante), y advertirme de que me encontraría sin duda ante algún complejo sistema de protección, desactivable únicamente mediante el misterioso CETRO DEL COCINERO, cuyo aspecto también él ignoraba. No tenía nada más, entre otras cosas porque al dirigirme a los demás miembros del grupo no obtuve ninguna información adicional: como desde el principio de este asunto, tenía que seguir adelante solo. Volví al restaurante, subí al piso superior e intenté, con éxito, usar la llave recién recibida para abrir la misteriosa puerta oculta tras los cortinajes: superado el obstáculo me encontré ante un ascensor que me condujo forzosamente hacia abajo, y me dejó ante una escalinata que prolongó todavía más mi «descensio ad inferos»... estaba en los corredores subterráneos del edificio, que recorrí hasta encontrarme cara a cara con un guardia apostado en defensa de una nueva puerta: intenté persuadir al guardia para que me dejara pasar, pero su corpulencia y sus modales me disuadieron repetidamente del intento; tenía que idear algo para hacerle abandonar su puesto. Busqué la inspiración examinando una vez más el contenido de mi mochila y me detuve en dos elementos en particular: si usar el molinillo de pimienta para pulverizar pimienta sobre el guardia no parecía suficiente, si intentar vaciarle encima el contenido restante del sobrecito de Benchilla no era una solución, se me ocurrió la idea de combinar estos dos elementos para ver los efectos sobre el hombre de una eventual mezcla pimienta-Benchilla... usé el molinillo introduciendo en él, pues, la manzanilla, y dirigí aquella nueva arma impropia contra el imperturbable energúmeno. Todavía hoy no sé qué le ocurrió, pero creo que se recuperó de los pinchazos de estómago que le provocó la inhalación de aquel pernicioso compuesto: el caso es que tenía de nuevo el camino despejado para continuar. Como era previsible, la puerta metálica, que ahora constituía el único impedimento a mi paso, no se abriría sola desde luego; decidí entonces examinarla con mayor atención: junto a ella advertí un extraño mecanismo y, algo más abajo, un gran botón rojo... ¡que a la mínima presión hizo que la puerta se abriera de golpe! Lástima que esta ocultara una tupida red de rayos láser (que probé a tocar, ¡llevándome una grave quemadura en dos yemas de los dedos!) evidentemente conectada al mecanismo que había advertido antes; comprendí que era el momento de recurrir a ese bendito cetro del cocinero... pero ¿de qué podía tratarse? Estaba tentado de volver atrás, cuando una idea peregrina destelló en mi mente: al fin y al cabo, el molinillo de pimienta que había usado hacía poco, ¿no podría acaso parecerse de algún modo al cetro de un soberano gastronómico? Probé a introducirlo en el orificio del mecanismo y... ¡hecho! Un sonido, grato a mis oídos, acompañó la detención del sistema de láseres y su desaparición. Sentía que ya casi estaba. Continué el camino por los subterráneos, recorrí una serie interminable de escalones (esperaba ya encontrarme a Caronte o quizá a Minos, de tanto que había bajado por debajo del nivel del suelo...) hasta llegar a un último espacio cerrado, delimitado por todos lados por una selva de botellas de vinos, sin duda de gran prestigio, guardados allá abajo para envejecer; distinguí luego un rincón más iluminado y lo alcancé a toda prisa. Me encontré ante la enésima puerta, esta vez incluso sin picaporte. Advertí enseguida, allí cerca, la presencia de un botellero apartado de los demás, aislado y colocado junto a la puerta (tenía que haber un motivo...), a cuyos pies recogí una extraña botella con una gran «P» en la etiqueta: me acerqué aún más para recoger las otras dispuestas ordenadamente en los huecos correspondientes, y cogí otras tres botellas con las letras «O», «E» y «N». Observando atentamente el botellero, me di cuenta de que cuatro huecos en particular estaban destacados, en virtud de un color distinto del resto del mueble: coloqué en ellos al azar las cuatro botellas que acababa de coger, e intuí que debía recrear una disposición concreta, de modo que las letras de las etiquetas formaran una palabra «clave» o algo por el estilo... tras algunos intentos comprendí que debía recrear el término «OPEN = ABRE», ¡y bastó con eso para que de repente se desbloqueara la puerta de al lado! Estaba seguro de haber llegado, había llegado por fin a la cámara acorazada...
Entré. Me encontré sumergido en la oscuridad más espesa, incapaz tanto de seguir adelante (por más que percibiera, por el sonido de mis pasos, que me hallaba en un lugar más bien reducido) como de volver atrás o de consultar mi mapa: estaba allí parado, a oscuras, como atrapado en algún antro oscuro, y le daba vueltas a cómo salir de aquella situación. Empecé a palpar las paredes de la habitación en busca de un interruptor, primero a la derecha, luego a la izquierda... por fin lo encontré, arriba, delante de mí, y el encendido de una luz rojiza, cálida, intensa, acrecentó el clima de revelación que impregnaba aquellos instantes...
estaba allí, justo delante de mí, y emanaba un aura que tenía algo de místico, el sabor de tiempos remotos, de palacios reales, de cortes, de Historia...
¡era el BRUNETTO, el mítico BRUNETTO DI VALLE PIPERINA!
Colocado bajo la lámpara rojiza (que producía un tipo particular de luz, evidentemente capaz de no perturbar el proceso de envejecimiento de aquel precioso néctar) llevaba una especie de etiqueta en el cuello, en la que reconocí la datación de la botella: ¡1419! ¡Increíble! ¡Casi seis siglos de vida! Me volví, por un momento estupefacto, hacia un rincón de la pequeña cámara. Aquí distinguí un antiguo códice miniado del siglo XV, que demostraba cómo la botella en cuestión era una de las pocas supervivientes que quedaron intactas al término de la justa en honor de Lorenzo de Médicis, celebrada aquel mismo año en Florencia... extraordinario... el volumen contenía incluso unos pergaminos procedentes de un códice mucho más antiguo, gracias a los cuales conseguí retrasar la aparición del vino Brunetto (el BRUNECTUS VALLIS PIPERINAE) ¡al menos hasta 1148! No bastaba: apoyada bajo el códice miniado había una carpeta rígida que contenía, con mi enorme asombro al abrirla, ¡una serie de estampas que reproducían fielmente (como puntualmente se señalaba en una nota que encontré dentro) los originales de numerosas obras de arte en las que el verdadero protagonista era el propio Brunetto! Me quedé pasmado al constatar que la bóveda de la Capilla Sixtina, la Gioconda, la Última Cena de Leonardo, así como otras celebérrimas obras de arte, en su inspiración original (antes de diversas censuras y autocensuras) celebraban casi exclusivamente la grandeza del Brunetto. Me habría quedado horas observando aquellas obras y su fuente primigenia de inspiración, pero tenía que llevar a término mi misión...
Volví a la sala de ensayo llevando con enorme cuidado la botella.
Aquí la historia llegó a su epílogo, no sin que antes me viera obligado a elegir, por última vez, entre el bien y el mal...
